domingo, 13 de mayo de 2012

Así se hace una bailarina



Los mejores teatros del mundo se llenan de bailarines famosos, los carteles iluminan a las figuras del ballet. A espaldas de los grandes nombres, un puñado de jóvenes lucha codo a codo contra su cuerpo tratando de salir del anonimato. Un intenso trabajo silencioso, una batalla despiadada contra los límites, para poder tocar con la punta de los dedos ese trocito de cielo reservado a los dioses. Años de sacrificio intenso para poder disfrutar un día la caricia de los aplausos.

José Luis F.Liz

Ocho menos cuarto de la tarde. Rosa interrumpe la clase con un grito y mira a sus alumnas fijamente. "¿Saben por qué las pequeñas dan solamente una hora de clase?". Nadie responde. Aunque la profesora las trata de usted, las jovencitas no tienen más de 15 años. Por un momento se han quedado petrificadas, inmóviles con una mano apoyada en la barra y la mirada perdida en algún punto impreciso de la sala. No pestañean. Sus pechos tratan de contener a duras penas el jadeo que se hace evidente a su pesar. "Porque son demasiado pequeñas para mantener la concentración durante hora y media", continúa la profesora en claro tono retador. Natalia, Delia, Isabel y Lara rectifican disimuladamente la posición frente al espejo sin perder apenas la compostura. Aún no han cumplido una docena de años y ya llevan ocho de disciplina rigurosa con las zapatillas puestas. 

Hacer lo que les apasiona supones más esfuerzo del que quisieran

El maillot empapado evidencia las dos horas de clase intensa. Todavía queda media hora de suplicio. Belén vuelve a la carga. Mientras escuchan a la profesora reflexionan. Hacer lo que les apasiona supone en ocasiones más esfuerzo del que quisieran. Han salido del cole a las cinco y media tras seis horas de clase, se han tomado atropelladamente una fruta o un yogourt, y se han ido corriendo a la escuela de danza o al centro de baile, en el que cada día someten su cuerpo adolescente a este machaque cotidiano. Así desde pequeñas. Los bailarines tienen que formarse desde la infancia para que su cuerpo tenga tiempo suficiente para transformarse. A ellas todo les parece poco. Saben que quieren ser bailarinas. Han nacido queriendo ya ser bailarinas. Nuria tiene 11 años y lleva más de la mitad de su vida practicando pliés, dégagés y ronds de jambes. Dicen sus padres que en la cuna ya hacía ballet. Su sueño es bailar en una compañía de clásico y sabe que todavía le quedan unos cuanto años y mucho sufrimiento, aunque considera que el esfuerzo vale la pena.

Según los maestros, un buen bailarín tiene que nacer con una morfología determinada y una sensibilidad especial, pero luego hay que hacerlo bailar. No todos los niños que acuden a una escuela de danza tienen un cuerpo esbelto como un junco ni unos pies curvados como los de la Pavlova. A Jorge le llevó su madre hace unos meses a una audición. Tiene once años escasos y sólo el tiempo dirá si tiene madera de bailarín. En la actualidad es relativamente fácil adquirir una formación adecuada en el mundo de la danza. En los Conservatorios esperan al alumno diez intensos cursos que puede comenzar a partir de los ocho años de edad, después de haber superado unas pruebas físicas. También la enseñanza privada cuenta cada vez con más centros de aprendizaje.

Margarita se hizo bailarina por culpa de sus pies planos. Hoy tiene 19 años, la figura estilizada y unos movimientos delicados y armónicos. Margarita ya ha hecho realidad el sueño de muchos bailarines: bailar en una compañía. A los cinco años el médico le recomendó a sus padres que la llevaran a clases de ballet para corregir el defecto de los pies. Como muchos otros jóvenes que se entusiasman con el ballet, ha pasado su infancia y su juventud entre medias puntas, autobuses, maillots, libros de texto, bocadillos, estudios de ballet y aulas.

El día no da para mucho más. "Es una vida muy dura porque durante la semana sólo tienes tiempo para ir al instituto y a las clases de baile, y durante el fin de semana tienes que aprovechar para estudiar. Hubo un momento en el que quería dejar mis estudios, pero mis padres no me dejaron porque me decían que sin una carrera no sería nadie". Hoy Margarita estudia Pedagogía en la UNED, aunque su carrera se resiente un poco a causa de las horas que dedica a la danza. La mayoría d elos profesores de ballet creen que el bailarín debe de ser una persona multidisciplinar, que estudie, que baile y que, además, no renuncie a las otras vivencias propias de su edad.

Un buen cuerpo resulta indispensable, pero, aunque uno esté dotado de condiciones excepcionales no puede llegar muy lejos si no cuenta con un gran maestro. Rita es profesora, tiene 42 años, ha venido de Rusia hace tres y está convencida de que se lo debe todo a sus maestros. Es difícil imaginar la edad que tiene con un cuerpo tan juvenil. Todavía conserva la gracia de una bailarina. Ella, que hoy enseña a sus alumnos los secretos del clásico, recuerda con cariño a su primer maestro. Era un hombre muy peculiar que daba la clase sin música. Tarareaba la melodía mientras golpeaba el suelo con su bastón. Cuando no oía los golpes en el suelo, sabía que estaba pinchando a alguien que se había descolocado. Él le enseñó que un aspirante a bailarín no puede tener necesidades. En cierta ocasión le entraron ganas de ir al servicio durante la clase y le pidió permiso para salir. "¿Cóooomo?", ¿Dónde va?, le preguntó el maestro. "si estuviera en el escenario, ¿le pediría permiso al público? No, ¿verdad? Pues váyase acostumbrando". "Cuando estás en el escenario, si no has adquirido la costumbre de tragarte todos los dolores y todas las inconveniencias lo pasas fatal, bailas mal, o directamente tienes que marcharte. Hay que entrenarse también para olvidarse de la necesidad mientras se baila. Aquel maestro era genial".

Hoy se han incrementado notablemente las posibilidades para aquellos que terminan la carrera de danza, pero todavía hay muy pocas compañías de ballet en España. Siguen siendo muchos los jóvenes bailarines que se compran un inter-rail y viajan por Europa de audición en audición, con la esperanza de que el director de alguna afamada compañía les contrate para formar parte de su cuerpo de baile. 


Llegar a primeros bailarines es la meta de la mayoría de los estudiantes de danza, pero hay que tener la cabeza sobre los hombros y saber que son pocos los elegidos. El camino suele resultar amargo. Muchas desventuras de ciudad en ciudad, buscando un lugar donde desarrollar sus ilusiones. A veces sin dinero, pasando hambre, durmiendo en albergues y pasando muchas privaciones desde edades muy tempranas. Así es la vida de los aspirantes a la felicidad.

Vale la pena. A pesar de las privaciones, de los sacrificios, del trabajo férreo y de la disciplina que exige el ballet clásico, la mayor parte de los que llegan se manifiestan felices. Decía un famoso coreógrafo que él haría durante toda su vida cuanto estuviese en su mano para que muchos niños pudiesen bailar "porque la gente que baila es feliz, y hoy en día ser feliz es muy difícil".

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